Lo que he aprendido este año viajando sola por primera vez

Carlota, una joven madrileña de 26 años, ha viajado este verano sola por primera vez.  El destino escogido: la prefectura de Wakayama (Japón), uno de los destinos tendencia de 2019. A continuación, su relato.

Días antes de mi viaje a Japón, cuando expliqué a mi familia y a mis amigos que iba a viajar sola por primera vez, recibí respuestas de todo tipo: que si era muy joven, que cómo iba yo a viajar sola, si no tenía miedo por ser mujer e irme tan lejos… Son preguntas que, a priori, me hicieron pensar dos veces mi decisión. Pero, ¿cómo iba yo a perder ésta oportunidad? El tener 26 años y el ser mujer no me parecieron razones de peso para no poder lanzarme a esta increíble aventura. Nadie intentó convencerme para que no me fuera, simplemente les daba miedo la idea de que hiciera este viaje sola.

Carlota acompañada de ciervos (Nara, Japón)

En Wakayama aprendí que es posible sentirse como en casa, incluso si tu familia es “prestada”

Mi primera parada fue la Prefectura de Wakayama. Recién aterrizada en el aeropuerto de Osaka, emprendí mi viaje hacia allí con cuatro horas en tren por delante. Son impactantes las distancias, ¡es increíble lo grande que se me ha hecho Japón! Wakayama está ubicada en la región de Kinki sobre la isla de Honshu y está llena de naturaleza, de cascadas y de caminos para hacer senderismo.

Me alojé tres días en la casa de una familia tradicional japonesa y me sorprendió positivamente, ya que es gente muy amable y servicial que lo único que desean es que tu estancia se haga lo más agradable posible, por lo que  cualquier ayuda que puedan dar, te la ofrecerán sin dudarlo. Además, gracias a compartir hogar con ellos, pude vivir en primera persona lo impresionante que es su cultura.

Aprendí que en cualquier casa japonesa es una regla el quitarse los zapatos y dejarlos en la entrada. No hacerlo puede ser una falta de respeto, ya que, con esta práctica, su hogar queda libre de suciedad. En la casa vivía una familia de cuatro: un matrimonio, su hijo y la abuela.. Durante esos días tuve más contacto con la señora Fukami, una mujer risueña y muy agradable que no paraba de aconsejarme sobre qué lugares ver e incluso se animó a acompañarme en alguna de mis visitas. Era dueña de un café ubicado justo enfrente de su casa y me cocinaba la cena todas las noches, ¡Fukami cocina increíble!

En Osaka aprendí que no conoces un lugar de verdad si no te rodeas de sus habitantes

Así, mi siguiente parada fue Osaka que, a diferencia de Wakayama, es una ciudad con edificios altos, vida nocturna, etc. Tomé el tren con otras cuatro horas por delante hasta llegar a mi destino. Al usar el metro por primera vez, me impresionaron tres cosas: las multitudes en el transporte público (la mayor parte del tiempo debes estar apretado), que existen los vagones sólo para mujeres durante las horas punta (identificados por estar pintados en su interior de color rosa) y que todos los que logran conseguir asiento aprovechan el viaje para dormir. 

Con el paso de los días, me daba cuenta de que la cultura japonesa es súper cercana y amable. Son personas muy serviciales que hacen que te sientas como uno más de la familia. Los viajeros suelen buscarse una estancia donde no tiene contacto con lugareños y es un grave error. Confieso que antes de conocer Airbnb, jamás se me había ocurrido hospedarme en una habitación en la casa de una familia, ya que soy más independiente, pero no puedo estar más agradecida. Al final del día acabas conociendo la cultura más de cerca, te enseñan rutas y formas de conocer la zona de una forma que no encuentras buscando en Internet y vives como un verdadero japonés. ¡Gracias a las familias con las que me quedé pude conocer un Japón como nadie y espectacular! 

Más que experiencias, viví conexiones inesperadas con mis anfitriones

También me sumergí en el mundo de la gastronomía japonesa gracias a una experiencia en Airbnb. He aprendido muchas cosas gracias a las experiencias disfrutadas. Una de las más curiosas es que el sushi, que para todos es la comida japonesa por excelencia, en Japón sólo se disfruta en ocasiones especiales: bodas, cumpleaños, graduaciones, etc. Tuve la suerte de realizar una experiencia gastronómica en solitario, sólo con los dos anfitriones, así que más que una experiencia me dio la sensación de que salía a cenar con un par de amigos, ¡jamás me hubiera imaginado algo así! 

Takoyaki, albóndigas de pulpo (Osaka, Japón)

La anfitriona principal era una mujer muy divertida que no paraba de contarme anécdotas sobre gente que se había apuntado antes a su experiencia. El otro anfitrión, con solo 20 años, sabía hablar cinco idiomas. Les encantaba España y nuestra cultura, y no dejaban de preguntarme sobre las costumbres occidentales y la comida típica en Europa. 

Otra de las experiencias que reservé a través de la plataforma fue la del famoso kimono japonés. Esta vez, la anfitriona se llamaba Satomi, una mujer elegante y sofisticada, poco habladora pero muy amable. Las chicas que ayudaron a vestirme tenían mi edad y eran muy sociables, no paraban de preguntarme cosas sobre los chicos de mi país (por lo visto a las mujeres japonesas les llaman mucho la atención los hombres europeos). Me sorprendió el interés que les generó que estuviera viajando sola. 

Cuando empezó la experiencia, nos dirigimos a una boutique para que me vistieran con la prenda tradicional, me peinaran y no solo eso, también tener el bonito recuerdo de haberme paseado por las calles de Japón con el kimono puesto. Para muchas personas esta experiencia puede no llamar la atención, pero sorprende y mucho. El kimono es una prenda muy cara, así que normalmente es un regalo muy especial para cumpleaños y aniversarios. Prácticamente todas las mujeres que llegan de visita se desviven por sentirse como una japonesa tradicional por un día, pese a que alquilar un kimono tiene un coste importante.

Carlota y chicas japonesas en una experiencia sobre trajes tradicionales (Osaka, Japón)

La última de las experiencias estuvo más relacionada con la naturaleza. Hicimos senderismo en el monte más importante de Osaka, el Monte Kongo. Llegar a la cima son 1.125 metros de altura y nosotros partimos desde los 500 metros aproximadamente. El anfitrión nos llevó por una ruta secreta de 2 horas y 15 minutos, por cascadas y escalando a poca altura, que repetiría sin dudarlo.

Esta vez el anfitrión se llamaba Kazuki, un hombre muy sociable y divertido con el que estuve hablando todo el camino. Me contó mucho sobre su vida personal y cómo le cambió la vida ser anfitrión. Él estudió contabilidad y estuvo trabajando mucho tiempo para una empresa, pero no era feliz. Un día se despertó y decidió que eso no era lo que deseaba, y actualmente se dedica exclusivamente a organizar rutas para subir este monte. Ahora dice ser una persona muy feliz.

Si tuviera que resumir el viaje en una palabra sería sorprendente. Igual que a Kazuki, viajar sola me ha cambiado. Conoces gente nueva, tienes un horario propio sin depender de otros, etc. Y es que cada rincón al que iba, templo que visitaba, cada persona que conocía e incluso cada plato que comía, me acababa dejando sorprendida. Siento que he podido saber más de esta cultura tan bonita que desconocía, pero a la vez tengo la sensación de que me faltan muchas cosas por ver. El viaje me ha dado la oportunidad de conocerme a mí misma y sobre todo de no dejarme llevar por prejuicios ni estereotipos, no prejuzgar antes de conocer. ¡Ya estoy planeando mi vuelta!

Este contenido es un extracto de la crónica escrita por Carlota Cruz a la vuelta de su viaje. El texto ha sido levemente editado y recortado para adaptarse al formato del Centro de Prensa de Airbnb.

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